Esa alegría paralítica de despreciar a sus propios padres, esa satisfacción mala de mirarlos despectivamente, como abajo, resignados a una vida de carencias, desde la perspectiva del hijo pródigo que vuelve cargado de talentos; ese gusto de escuchar sus preguntas en una lengua y contestarles en otra, como quien ha establecido ya la frontera definitiva entre el pasado muerto —al cual ellos pertenecen, pertenecerán siempre— y el presente luminoso donde habitan los seres nuevos; todo eso pesaba en las maletas de Jason como una imagen de piedra: el iris amarillo de su padre enfermo; los cabellos sucios de su madre, que asomaban apenas bajo una pañoleta azul de empleada de restaurante; la tierra suelta y llena de alimañas a la cual estaba su infancia oscuramente vinculada. Allá, en la casa de quién-sabe-dónde, la noche se había instalado de manera permanente, con sus olores humanos; ya no se iba. La luz diurna la aligeraba apenas, raspándola, lijándola de algunos objetos, de los más cercanos al único ventanillo que tenía la casa. El resto era sombra, humedad vegetal, el sonido vegetal y antiguo de alguien invisible que desgranaba maíz en un rincón. El avión daba tumbos, inquieto, sobre las nubes y las bolsas de aire que cruzaban el cielo del Pacífico, y Jason, dormido, volvió a sentir en su nariz ese olor picante del aceite de los pobres, que hierve en un comal negro durante horas, convirtiéndose en humo para poder escapar a través de un ventanillo quién sabe dónde, en el pasado.
En la sala de llegada, tal como habían acordado por teléfono, lo esperaba una muchacha norteamericana con un letrero que decía: "Welcome to Playa Promesa."
—¿Sandy? —le preguntó él tímidamente, bajando al piso sus maletas.
—Sí... ¿Jason? —le contestó ella en inglés, sonriendo, y bajó el letrero. Tenía el pelo rojo oscuro y los ojos azules; la piel muy bronceada. A Jason le llamaron la atención las sólidas piernas que surgían de unos ligeros shorts color kaki.
—Bienvenido —su mano era fresca y enérgica, sin dejar de ser femenina.
Entre los dos llevaron las maletas afuera, al estacionamiento. Jason no había logrado disipar las sombras que lo atacaron durante el sueño en el avión. Volvió a ver la casa oscura, con su ventana de luz sucia; volvió a oír cómo su abuela india desgranaba maíz en un rincón, invisible. Todas aquellas imágenes fueron ahuyentadas por el viento que agitaba las copas de las palmeras.
Colocaron el equipaje en la parte de atrás de una camioneta tipo militar, cubierta de polvo, y Sandy se puso al volante.
—¿Qué tal el viaje?
—Excelente.
—¿Ya ajustaste tu reloj al horario de aquí? Somos dos horas más jóvenes. ¿No te da gusto?
La camioneta salió pronto de la ciudad y enfiló por una carretera sinuosa y solitaria que se abría paso a través de la selva.
—¿Qué significan esas letras sobre las rocas? ¿Propaganda de los partidos? —preguntó Jason, quien observaba atentamente todo lo que iban pasando.
—Sí.
La carretera se hallaba en silencio, sin siquiera los gritos habituales de los pájaros, como si alguien a quien la naturaleza misma veneraba hubiese muerto. El sol ya pegaba sólo en lo alto de los árboles y en la cumbre de las montañas: un resplandor mineral, de piedras incendiadas. Abajo, en la carretera, había empezado a oscurecer.
—¿Cuántos partidos hay aquí?
—Cuatro. Pero siempre gana el mismo.
—Creo que ya he leído sobre eso, en el periódico.
—Es como si sólo hubiera un partido.
—Pero entonces, ¿qué ganan los otros pintando las rocas?
—Algo han de ganar, ¿no crees?
Jason no respondió. No le importaba. "Vine a pasear, a encontrarme con mis amigos, a divertirme." En realidad quería olvidar a Ryan, su ex esposa. El acuerdo celebrado hacía cinco años con sus compañeros del College, de reunirse ahora en México, le había servido como pretexto para salir de ese espacio donde ella seguía siendo la más fuerte. Conforme oscurecía, aquel resplandor de piedras fosforescentes, al aumentar el contraste con el cielo plomizo, se hacía más vivo. Él había decidido adelantarse una semana a los demás. Tenía casi dos meses de vacaciones.
—¿Cuándo llegan los otros? —interrogó a Sandy.
—¿Los otros ex alumnos?
—Sí. Jackie y Clint Manley, Billie Ferguson, supongo que Guadalupe...
—¿Michelle Montang estará en la lista?
—¿Ella también va a venir? Creí que se habría olvidado del encuentro.
—Llegan en diferentes fechas —le explicó Sandy—. No recuerdo con exactitud, pero si tanto te interesa, en mi choza tengo la relación.
—Sólo tenía curiosidad.
—Voy a fijarme y después de la cena te digo.
—Gracias.
Luego de casi una hora de viaje, la camioneta salió de aquellas curvas y se internó otra vez en el sol —un sol sin calor ni brillo, como de invernadero— y en un paisaje de palmeras. Comenzó a haber cada vez más casas y, de pronto, un pueblo aturdido de sueño y polvo.
—Sandy, ¿cómo se llama aquí?
—Los Limones... The Lemmons.
—Oye, mi español no es perfecto, pero eso sí lo entiendo.
—No te enojes. Hay hispanos que no saben ni una palabra de su lengua.
—El español no es nuestra lengua, aunque seamos hispanos.
—Está bien. No hay problema.
Las casas eran nuevas, pero de mala calidad, y la mayoría de las calles estaba sin pavimentar. En todas las paredes amplias había propaganda de los partidos políticos, aunque parecía ser de unas elecciones celebradas hacía ya mucho tiempo; los colores se hallaban agonizantes y cubiertos de polvo.
—¿Por qué casi no hay gente en las calles?
—Porque casi no hay gente en el pueblo. ¿No te das cuenta? Las casas están abandonadas.
Jason advirtió vacío sólo un edificio pequeño, que tenía rotos los vidrios y mostraba un letrero hecho en bajorrelieve sobre la mampostería: Centro de Salud para la Mujer y el Niño.
En unos minutos salieron del pueblo y tomaron por un camino de terracería en mal estado. El vehículo avanzaba bruscamente a través de la selva. Ahora los árboles estaban llenos de pájaros a los cuales parecía aterrar la inminencia de la noche. El camino era un retazo de lodo rojo y grava. En la penumbra podían distinguirse cada guijarro, cada grano de arena.
Llegaron a Playa Promesa cuando el sol ya se había metido. El anochecer se sentía tibio y lleno de murmullos.
La casa —un edificio de dos plantas— era la única construcción grande e iluminada de los alrededores. Jason pudo apreciarla desde que la camioneta se detuvo enfrente y, otra vez con ayuda de Sandy, bajó sus maletas. Se accedía por una vereda de piedra bola iluminada con lámparas que parecían hongos luminosos. Sandy lo condujo a una terraza de estilo mexicano de la costa, diseñada con lujosa y estudiada sencillez, como una palapa de pescadores para una película de Hollywood. Al fondo, la parte posterior estaba ocupada por una enorme hamaca negra que miraba directamente al mar. Y en el centro se extendía una mesa de madera tosca, apenas cepillada, como para diez personas a juzgar por la longitud de las bancas. Dos lámparas de artesanía local daban al espacio una luz dorada y remotamente alegre.
Estaban esperándolos. Sandy hizo las presentaciones: Laura, la directora de Playa Promesa; Susana, una vieja trabajadora social de origen ruso; Andra y Jeff, recién casados en luna de miel; Olga, la cocinera; Cecy, la camarera, y don Juan, quien sólo había venido a ofrecer en alquiler unos caballos por si los visitantes querían ir a explorar la selva.
Mientras Jason cenaba —los demás ya habían terminado—, Sandy le dio información sobre los lugares que había para visitar, las actividades y las reglas de Playa Promesa. Todo eso él ya lo sabía: lo había leído cuidadosamente en el folleto que recibiera en su casa, hacía unos meses. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para expresar sus dudas, en especial las concernientes al peligro de ser picado por un alacrán.
El viaje en avión lo había agotado y luego, a causa de la distancia recorrida por terracería, le dolían las nalgas y la cintura. Además deseaba estar solo, instalarse, poner en orden sus recuerdos y sus planes, hacerse a la idea de que iba a pasar dos meses en este sitio, lejos del espacio que le era propio. Vería a Michelle, quien fuera tan amiga de su ex esposa y que sólo ocasionalmente tratara con él. Era la mujer más atractiva cuando estaban el College. Atractiva y fácil. Se emborrachaba en las fiestas y luego se iba a acostar casi con cualquiera. ¿Cómo sería ahora? ¿Quiénes más vendrían, de los cincuenta que eran? La actitud idílica de los recién casados lo incomodó. ¿Qué hacían aquí, con su ostentosa felicidad? Decidió que debería ser tolerante con ellos y con cualquier otro imprevisto —México era un país de imprevistos— si quería pasarla bien. La cerveza local —
Pacífico— le pareció excelente. Pronto mejoró de humor y se quedó ahí hasta que los demás comenzaron a retirarse.
La choza a donde Sandy lo condujo era una vivienda de pescadores, con techo de palapa y paredes de adobe enjalbegado. La cama se hallaba protegida de alimañas por un dosel de manta de cielo; además de esto, casi no había muebles: un palo para colgar la ropa, un escritorio pequeño y rústico sobre el cual habían puesto un vaso con flores tropicales; una silla, un librero de varas... Todo era muy sencillo. La puerta no se podía cerrar con llave; seguramente nadie lo consideraba necesario. La ventana, que daba al mar, en lugar de vidrio tenía una persiana primitiva hecha de varas. El piso se encontraba desnudo y sin pulir; no tenía ni siquiera una de esas esteras que normalmente se asocian con los lugares exóticos y que resultan tan atractivas para toda clase de bichos.
Jason jaló un poco el escritorio, de modo que quedara pegado a la ventana, y se imaginó a sí mismo escribiendo por las tardes mientras miraba cómo el sol se hundía en el océano.
Después de desempacar, se desnudó completamente; qué extraño, de pronto, dormir sin piyama. Se acostó pensando en que al día siguiente le preguntaría a Sandy dónde podía comprar una libreta y plumas para escribir, un sombrero y unas sandalias de nativo. Durante la noche soñó a los recién casados haciendo el amor en una choza igual a la suya. Todo era dulce todavía en Playa Promesa: el murmullo incesante de los insectos, el rumor de las olas, tan cerca a veces que parecía que iban a entrar, el calor húmedo y acariciante, el olor del mar...