sábado 17 de mayo de 2008

Portada y epígrafe

Agustín Cadena
Cadáver a solas




En lo alto del día eres aquel que vuelve
a borrar de la arena la oquedad de su paso;
el héroe miserable que escapó del combate
y apoyado en su escudo mira arder la derrota;
el náufrago sin nombre que se aferra a otro cuerpo
para que el mar no arroje su cadáver a solas.
José Emilio Pacheco

Capítulo I

Esa alegría paralítica de despreciar a sus propios padres, esa satisfacción mala de mirarlos despectivamente, como abajo, resignados a una vida de carencias, desde la perspectiva del hijo pródigo que vuelve cargado de talentos; ese gusto de escuchar sus preguntas en una lengua y contestarles en otra, como quien ha establecido ya la frontera definitiva entre el pasado muerto —al cual ellos pertenecen, pertenecerán siempre— y el presente luminoso donde habitan los seres nuevos; todo eso pesaba en las maletas de Jason como una imagen de piedra: el iris amarillo de su padre enfermo; los cabellos sucios de su madre, que asomaban apenas bajo una pañoleta azul de empleada de restaurante; la tierra suelta y llena de alimañas a la cual estaba su infancia oscuramente vinculada. Allá, en la casa de quién-sabe-dónde, la noche se había instalado de manera permanente, con sus olores humanos; ya no se iba. La luz diurna la aligeraba apenas, raspándola, lijándola de algunos objetos, de los más cercanos al único ventanillo que tenía la casa. El resto era sombra, humedad vegetal, el sonido vegetal y antiguo de alguien invisible que desgranaba maíz en un rincón. El avión daba tumbos, inquieto, sobre las nubes y las bolsas de aire que cruzaban el cielo del Pacífico, y Jason, dormido, volvió a sentir en su nariz ese olor picante del aceite de los pobres, que hierve en un comal negro durante horas, convirtiéndose en humo para poder escapar a través de un ventanillo quién sabe dónde, en el pasado.
En la sala de llegada, tal como habían acordado por teléfono, lo esperaba una muchacha norteamericana con un letrero que decía: "Welcome to Playa Promesa."

—¿Sandy? —le preguntó él tímidamente, bajando al piso sus maletas.

—Sí... ¿Jason? —le contestó ella en inglés, sonriendo, y bajó el letrero. Tenía el pelo rojo oscuro y los ojos azules; la piel muy bronceada. A Jason le llamaron la atención las sólidas piernas que surgían de unos ligeros shorts color kaki.

—Bienvenido —su mano era fresca y enérgica, sin dejar de ser femenina.

Entre los dos llevaron las maletas afuera, al estacionamiento. Jason no había logrado disipar las sombras que lo atacaron durante el sueño en el avión. Volvió a ver la casa oscura, con su ventana de luz sucia; volvió a oír cómo su abuela india desgranaba maíz en un rincón, invisible. Todas aquellas imágenes fueron ahuyentadas por el viento que agitaba las copas de las palmeras.
Colocaron el equipaje en la parte de atrás de una camioneta tipo militar, cubierta de polvo, y Sandy se puso al volante.

—¿Qué tal el viaje?

—Excelente.

—¿Ya ajustaste tu reloj al horario de aquí? Somos dos horas más jóvenes. ¿No te da gusto?

La camioneta salió pronto de la ciudad y enfiló por una carretera sinuosa y solitaria que se abría paso a través de la selva.

—¿Qué significan esas letras sobre las rocas? ¿Propaganda de los partidos? —preguntó Jason, quien observaba atentamente todo lo que iban pasando.

—Sí.

La carretera se hallaba en silencio, sin siquiera los gritos habituales de los pájaros, como si alguien a quien la naturaleza misma veneraba hubiese muerto. El sol ya pegaba sólo en lo alto de los árboles y en la cumbre de las montañas: un resplandor mineral, de piedras incendiadas. Abajo, en la carretera, había empezado a oscurecer.

—¿Cuántos partidos hay aquí?

—Cuatro. Pero siempre gana el mismo.

—Creo que ya he leído sobre eso, en el periódico.

—Es como si sólo hubiera un partido.

—Pero entonces, ¿qué ganan los otros pintando las rocas?

—Algo han de ganar, ¿no crees?

Jason no respondió. No le importaba. "Vine a pasear, a encontrarme con mis amigos, a divertirme." En realidad quería olvidar a Ryan, su ex esposa. El acuerdo celebrado hacía cinco años con sus compañeros del College, de reunirse ahora en México, le había servido como pretexto para salir de ese espacio donde ella seguía siendo la más fuerte. Conforme oscurecía, aquel resplandor de piedras fosforescentes, al aumentar el contraste con el cielo plomizo, se hacía más vivo. Él había decidido adelantarse una semana a los demás. Tenía casi dos meses de vacaciones.

—¿Cuándo llegan los otros? —interrogó a Sandy.

—¿Los otros ex alumnos?

—Sí. Jackie y Clint Manley, Billie Ferguson, supongo que Guadalupe...

—¿Michelle Montang estará en la lista?

—¿Ella también va a venir? Creí que se habría olvidado del encuentro.

—Llegan en diferentes fechas —le explicó Sandy—. No recuerdo con exactitud, pero si tanto te interesa, en mi choza tengo la relación.

—Sólo tenía curiosidad.

—Voy a fijarme y después de la cena te digo.

—Gracias.

Luego de casi una hora de viaje, la camioneta salió de aquellas curvas y se internó otra vez en el sol —un sol sin calor ni brillo, como de invernadero— y en un paisaje de palmeras. Comenzó a haber cada vez más casas y, de pronto, un pueblo aturdido de sueño y polvo.

—Sandy, ¿cómo se llama aquí?

—Los Limones... The Lemmons.

—Oye, mi español no es perfecto, pero eso sí lo entiendo.

—No te enojes. Hay hispanos que no saben ni una palabra de su lengua.

—El español no es nuestra lengua, aunque seamos hispanos.

—Está bien. No hay problema.

Las casas eran nuevas, pero de mala calidad, y la mayoría de las calles estaba sin pavimentar. En todas las paredes amplias había propaganda de los partidos políticos, aunque parecía ser de unas elecciones celebradas hacía ya mucho tiempo; los colores se hallaban agonizantes y cubiertos de polvo.

—¿Por qué casi no hay gente en las calles?

—Porque casi no hay gente en el pueblo. ¿No te das cuenta? Las casas están abandonadas.
Jason advirtió vacío sólo un edificio pequeño, que tenía rotos los vidrios y mostraba un letrero hecho en bajorrelieve sobre la mampostería: Centro de Salud para la Mujer y el Niño.

En unos minutos salieron del pueblo y tomaron por un camino de terracería en mal estado. El vehículo avanzaba bruscamente a través de la selva. Ahora los árboles estaban llenos de pájaros a los cuales parecía aterrar la inminencia de la noche. El camino era un retazo de lodo rojo y grava. En la penumbra podían distinguirse cada guijarro, cada grano de arena.

Llegaron a Playa Promesa cuando el sol ya se había metido. El anochecer se sentía tibio y lleno de murmullos.

La casa —un edificio de dos plantas— era la única construcción grande e iluminada de los alrededores. Jason pudo apreciarla desde que la camioneta se detuvo enfrente y, otra vez con ayuda de Sandy, bajó sus maletas. Se accedía por una vereda de piedra bola iluminada con lámparas que parecían hongos luminosos. Sandy lo condujo a una terraza de estilo mexicano de la costa, diseñada con lujosa y estudiada sencillez, como una palapa de pescadores para una película de Hollywood. Al fondo, la parte posterior estaba ocupada por una enorme hamaca negra que miraba directamente al mar. Y en el centro se extendía una mesa de madera tosca, apenas cepillada, como para diez personas a juzgar por la longitud de las bancas. Dos lámparas de artesanía local daban al espacio una luz dorada y remotamente alegre.

Estaban esperándolos. Sandy hizo las presentaciones: Laura, la directora de Playa Promesa; Susana, una vieja trabajadora social de origen ruso; Andra y Jeff, recién casados en luna de miel; Olga, la cocinera; Cecy, la camarera, y don Juan, quien sólo había venido a ofrecer en alquiler unos caballos por si los visitantes querían ir a explorar la selva.

Mientras Jason cenaba —los demás ya habían terminado—, Sandy le dio información sobre los lugares que había para visitar, las actividades y las reglas de Playa Promesa. Todo eso él ya lo sabía: lo había leído cuidadosamente en el folleto que recibiera en su casa, hacía unos meses. Sin embargo, aprovechó la oportunidad para expresar sus dudas, en especial las concernientes al peligro de ser picado por un alacrán.

El viaje en avión lo había agotado y luego, a causa de la distancia recorrida por terracería, le dolían las nalgas y la cintura. Además deseaba estar solo, instalarse, poner en orden sus recuerdos y sus planes, hacerse a la idea de que iba a pasar dos meses en este sitio, lejos del espacio que le era propio. Vería a Michelle, quien fuera tan amiga de su ex esposa y que sólo ocasionalmente tratara con él. Era la mujer más atractiva cuando estaban el College. Atractiva y fácil. Se emborrachaba en las fiestas y luego se iba a acostar casi con cualquiera. ¿Cómo sería ahora? ¿Quiénes más vendrían, de los cincuenta que eran? La actitud idílica de los recién casados lo incomodó. ¿Qué hacían aquí, con su ostentosa felicidad? Decidió que debería ser tolerante con ellos y con cualquier otro imprevisto —México era un país de imprevistos— si quería pasarla bien. La cerveza local —Pacífico— le pareció excelente. Pronto mejoró de humor y se quedó ahí hasta que los demás comenzaron a retirarse.

La choza a donde Sandy lo condujo era una vivienda de pescadores, con techo de palapa y paredes de adobe enjalbegado. La cama se hallaba protegida de alimañas por un dosel de manta de cielo; además de esto, casi no había muebles: un palo para colgar la ropa, un escritorio pequeño y rústico sobre el cual habían puesto un vaso con flores tropicales; una silla, un librero de varas... Todo era muy sencillo. La puerta no se podía cerrar con llave; seguramente nadie lo consideraba necesario. La ventana, que daba al mar, en lugar de vidrio tenía una persiana primitiva hecha de varas. El piso se encontraba desnudo y sin pulir; no tenía ni siquiera una de esas esteras que normalmente se asocian con los lugares exóticos y que resultan tan atractivas para toda clase de bichos.

Jason jaló un poco el escritorio, de modo que quedara pegado a la ventana, y se imaginó a sí mismo escribiendo por las tardes mientras miraba cómo el sol se hundía en el océano.
Después de desempacar, se desnudó completamente; qué extraño, de pronto, dormir sin piyama. Se acostó pensando en que al día siguiente le preguntaría a Sandy dónde podía comprar una libreta y plumas para escribir, un sombrero y unas sandalias de nativo. Durante la noche soñó a los recién casados haciendo el amor en una choza igual a la suya. Todo era dulce todavía en Playa Promesa: el murmullo incesante de los insectos, el rumor de las olas, tan cerca a veces que parecía que iban a entrar, el calor húmedo y acariciante, el olor del mar...

Capítulo II

A las cinco de la mañana lo despertó un sonido de campanillas tibetanas, un chapoteo acuático y tan sutil que entró en sus sueños sin turbarlos, suavemente, como un imperceptible hilo de agua. Así, Jason primero soñó que oía una música lejana. Luego esta música se acercó y se volvió inubicable, o quizá sería más preciso decir ubicua. Poco a poco, el sonido lo sacó de sus sueños y lo trajo a una cama rústica, cubierta con un dosel de manta de cielo, en el interior de una choza mexicana. Cuando despertó por completo, seguía escuchándolo, pero ahora otra vez lejano, y de momento no supo si se trataba de un último rastro de sueño. Sólo al ver la hora comprendió que alguien trataba de despertarlo. Eran las cinco de la mañana. Se preguntó por el origen de aquel sonido que, supuso, podría haber venido de un sistema de alarmas conectadas en serie en cada una de las chozas. Sin embargo no encontró en toda la habitación nada que pudiera ser parte de un circuito. Sencillamente no había nada moderno ahí. Dejó sin resolver ese misterio y comenzó a vestirse.

El baño se hallaba afuera, a unos veinte pasos. Era una construcción más grande que cualquiera de las chozas individuales y había sido diseñado para crear un efecto selvático. Lleno de fuentes y plantas tropicales, estaba seccionado en varios cubículos formados con divisiones de bambú, atravesados todos ellos por una corriente de agua que corría en lo alto como una cascada. No había agua caliente, pero no era necesaria; la que caía era tibia y fresca al mismo tiempo.
Mientras se bañaba, Jason pensó otra vez en Ryan, su ex esposa. Ella tenía el don de ser concupiscente, de ser agua que llama, pero no una cosa grande y terrible como el mar, sino doméstica y entrañable como la tina caliente. Ryan láctea, materna. Ryan de miel y de algodón tibio, oloroso. Pequeña inmensa de senos inagotables. Deseó tenerla ahí, compartir con ella este paraíso, hacerle el amor en ese instante y en ese sitio, bajo el agua; hacérselo en ese estilo especial que ellos habían inventado. Sintió que el recuerdo de ella lo intoxicaba y esta sensación fue placentera. Poseerla otra vez, saberse dueño de su carne...

Por ser sábado, las actividades de Playa Promesa no estaban programadas. Cada quien podía hacer lo que quisiera. Saliendo del baño, Jason fue inmediatamente a mirar el mar. Se sentó a la orilla de la playa y desde ahí se dio a contemplarlo, a olerlo, a sentirlo. Era una bahía pequeña, sin hoteles ni restaurantes, sin turistas; un pedazo de planeta solitario, virgen como la mujer de otro.
Los demás huéspedes se habían ido por su lado. Únicamente Sandy se hallaba en la casa, pero Jason no tenía ganas de platicar. Quería estar solo, sentir la intensidad de este cambio, ajustar las cuentas con sus recuerdos: Ryan, pero no sólo Ryan; también Billie Jean, Michelle, Clint, Guadalupe... Su memoria enfatizó el nombre de Michelle. Era tan bella cuando eran estudiantes..., bella e inalcanzable como un rubí en la corona de una reina. Ahora, seguramente, la edad habría enriquecido sus formas con una morbidez de mujer madura. ¿Cómo se vería en traje de baño, cuando se metiera en el mar?

Cerca del mediodía, Jason descubrió, en el extremo rocoso de la playa, un pelícano lastimado. Solamente entonces buscó a Sandy, para ver si podían ayudarlo entre los dos. No había querido tocar al animal; Sandy tuvo que seguirlo hasta donde estaba. Este gesto del nuevo huésped le simpatizó y, aunque ella tampoco tenía idea de qué hacer, propuso que fueran a buscar a algún nativo y le preguntaran.

Atrás de la última choza comenzaba el camino que iba a Los Limones. Sobre éste tenían sus casas los pescadores. Sandy llamó a un niño:

—¡Ramiro!

Él le respondió con una sonrisa. Empezaron a hablar en español con un acento extraño —sobre todo el niño— que hacía las palabras incomprensibles para Jason y le recordaba a su abuela india. Le dio la impresión de que lo hacían a un lado, que tenían demasiadas cosas que decirse, como si los dos hubieran sido adultos, y miró con resentimiento la pequeña espalda de Ramiro, desnuda y hermosa de sol. Sandy era mucho más alta que él, pero algo en su aspecto los hermanaba; los dos parecían integrados al paisaje, naturales a él como las palmeras y las gaviotas. Jason, en cambio, parecía turista —qué terrible le resultaba ahora la imagen del típico turista norteamericano—: con su playera del College, sus tenis de basquetbol y sus piernas pálidas saliendo de unas bermudas planchadas. Sin dejar de conversar, el niño y Sandy se dirigieron otra vez a la playa. Jason los siguió, sospechando que deseaba con todas sus fuerzas convertirse en un hombre del mar, como ellos.

—Dice Ramiro que el pelícano no tiene nada malo —le tradujo Sandy después.

—¿Lo vamos a dejar así entonces? —Jason sintió que algo oscuro y malévolo se había venido con él desde Texas. Era el sufrimiento del pelícano, la atracción que este sufrimiento ejercía en él: una alimaña que llegó en su equipaje, tan pequeña que no se veía, y que ahora amenazaba con crecer y morderlo.

—No le va a pasar nada. Sólo está mojado y en cuanto se sequen sus plumas podrá volar.

El pelícano se le quedó viendo de lado, con reproche, como si Jason hubiera podido ayudarlo a cruzar un río y no quisiera. Sus ojillos redondos y negros, de bruja anciana, volvieron al mar y se precipitaron entre sus aguas. Jason trató de no pensar más en él. Sintió que envidiaba el español de Sandy, perfecto en su acento nativo, musical, estallante de alegría. Él también quería hablar así; después de todo, era de raza hispana y, una vez bronceado, integrado a la vida del lugar, no habría diferencia entre él y los pescadores de Playa Promesa.

—Sandy, ¿dónde puedo comprar unas sandalias (iba a decir "como las de Ramiro", pero Ramiro andaba descalzo) de las que se usan aquí?

—¿Unos huaraches?

—Sí. Y también necesito una libreta, papel para escribir cartas, plumas y lápices.

—Aquí no hay nada de eso y apenas el lunes voy a ir Los Limones por las compras de la semana. Pero si te urge mucho, yo tengo papel blanco.

—No. Está bien. Es que... además quería hablar por teléfono (¿Por qué dijo eso si no era cierto? ¿Por qué de repente deseaba comunicarse con Ryan, otra vez?)... a larga distancia.

—Tampoco hay teléfono aquí, Jason. Tendrás que esperar hasta el lunes.

—Está bien. No hay problema.

Sandy y Ramiro comenzaron a jugar y se fueron corriendo por la orilla de la playa: una muchacha de veinte años y un adolescente de once o doce. Jason volvió a sentirse incómodo, como avergonzado de ser quien era, de ser débil y poco moreno, de no hablar bien el español, de necesitar lujos.

Volvió a la casa para comer. La comida era abundante y de buena calidad: langostino y una ensalada que a Jason, conocido por su aversión a las ensaladas, le pareció exquisita. Una vez satisfecho, se acostó en la hamaca negra del comedor y allí permaneció largo rato, pensando en su ex esposa y en su pasado al lado de ella, pero más que nada en sí mismo. ¿Habría cambiado algo en estos años? ¿Qué dirían los otros cuando llegaran y lo vieran? ¿Y si le decían que no había cambiado, que seguía igual? Ahora tenía una oportunidad.

Desde la hamaca, contempló cómo la tarde le cedía el mar a la noche y, cuando la brisa refrescó, se sintió triste. Bajó a la playa y echó a correr enloquecido, hasta sentir dolor, hasta perder de vista las luces solitarias de la casa. Finalmente se dejó caer sobre la arena, exhausto. Los perros ladraban a lo lejos y un faro acababa de encenderse en el extremo de la bahía. El mar seguía siendo apacible, pero ahora, en esa noche sin luna y de pronto llena de neblina, resultaba siniestro, amenazador, ominoso. Jason pasó largo tiempo observándolo, tumbado como muerto, y sintió escalofríos. Luego tuvo un impulso de escribir sobre la arena el nombre de Ryan, pero le pareció ridículo y no lo hizo. Echó a andar hacia su choza. Sintió otra vez el olor del mar y, mientras caminaba, tuvo una erección. "El lunes le pregunto a Sandy dónde venden postales y le voy a mandar una." Sólo ella podía perdonarlo por no ser nada y por todo lo que hiciera. Lo sabía. Ya no le importaban los moscos ni los jejenes ni sentía miedo de los alacranes. Se quitó los tenis y, al sentir en los pies la arena fría, se estremeció.

El agua se había vuelto oscura, viscosa, lenta.

Capítulo III

Abrir una babosa adulta es una operación sencilla, ya que se trata de bichos grandes y fácilmente manipulables. Además, no es necesario anestesiarla, como a los mamíferos; su sistema nervioso soporta perfectamente el bisturí. Eso sí, antes de comenzar hay que colocarla sobre un papel secante. Las babosas son seres cobardes y, ante la inminencia de un peligro —la sal del dolor, por ejemplo—, lubrican copiosamente como humanos excitados. Esto —lo del papel secante— es la única providencia que parece necesario tomar. No hay que sujetar de ningún modo a la babosa; no intentará huir puesto que ni aun la mayor desesperación alcanza a moverla mucho; es ante todo pasiva y, sólo en este sentido, heroica.

Cualquier bisturí puede servir para el propósito: un bisturí de acero inoxidable, uno de plata, uno de luz. La piel de la babosa es negra y gruesa, especialmente en torno de los órganos vitales, pero resulta blanda al filo. Un corte de una pulgada, limpio, se puede hacer sin necesidad de fuerza. Cuando siente el metal entre su carne, el bicho se queda quieto, como enternecido, incrédulo, facilitándonos así la tarea.

Abrirlo es la parte más placentera y repugnante del trabajo, ya que pasando la piel surge una especie de tejido protector sumamente suave: un cojincillo de color ámbar con reflejos verdes. Es lo que en un mamífero entenderíamos por músculo. Sólo que aquí no hay estructuras fibrosas ni materias realmente sólidas, sólo esta variedad de gelatina viva, sexual.

La decepción viene cuando buscamos algo hacia adentro. La anatomía de la babosa es totalmente estúpida. Como ella. Donde otros seres vivos guardan un registro de impecables depredaciones, la babosa sólo tiene sueños, recuerdos distorsionados en los cuales, por un momento, es un alacrán y se comporta como tal: puede matar y hacer daño, penetrar con su oscuro aguijón la sustancia de otros seres.

Estas hazañas, que el bicho atesora en su extremo cefálico y experimenta más intensamente en su zona ventral, generan ondas peristálticas visibles en forma de deseo. Sin embargo, sus manifestaciones externas no van más allá de esto. Hay en el mundo dos clases de seres: los que aparecen en las pesadillas y los que sueñan las pesadillas. La babosa pertenece a los segundos pero apenas lo sospecha. Diría ella que la belleza está en los otros.

No tiene caso seguirle buscando: no hay nada más. Tampoco vale la pena matarla, si es con el fin de dar el caso por cerrado. La babosa se morirá sola sin moverse de sitio. Se morirá sin estertores, sin quejidos, recordando —pero tratando de olvidar— el instante en que logró ser un alacrán.

Capítulo IV

Texas es una tierra muy grande donde las cosas se ven siempre lejos. El espacio que va de un pueblo a otro, de una casa a otra, de una persona a otra es muy grande. A Jason como que lo había marcado esto. Veía a Ryan por allá, sonriéndose a sí misma, amándose sola o tal vez, a veces, amándolo a él, pero sola. Lejana. Metida en la maderería de su padre en Lemnos, un pueblo perdido que alguna vez tuvo un gran molino de harina lleno de trabajadores. Ahora mucha gente había abandonado el pueblo, pero las casas que quedaban seguían siendo igual que antes, con sus tablas podridas, su patio trasero invadido por la hierba y sus nogales inmunes al paso de los años. Quién sabe en qué comenzó a trabajar aquella gente; la parte cercana al molino se murió, pero en cambio empezó a crecer otra, a la orilla de la carretera que iba a Oklahoma. Abrieron restaurantes mexicanos, italianos, griegos. Construyeron un edificio bancario cuyo frente se parecía a la fachada de algún estadio. Mientras tanto, en la zona vieja, los negros se sentaban a fumar la tarde en los porches. El sol pegaba duro hasta el último minuto en que brillaba. Bajo él, remota como esa agua inexistente que se aparece en las carreteras soleadas, Ryan andaba su vida.

Empezaron a salir juntos desde que eran estudiantes y cada uno intuyó en el otro una sed como la suya. Ryan vivía prendida a la espalda de él, esperando que él la ayudara a cruzar a otra orilla:

—No me dejes caer, Jay. Ayúdame.

Él comenzó a sentirse necesario en su vida. Ella lo necesitaba. Lo necesitó desde la primera noche que pasaron juntos, desde aquella fiesta de la escuela cuando ella se puso a beber y a buscarlo entre todos y luego, de un momento a otro, lo hizo apoyar la cabeza en su regazo y empezó a acariciarle los cabellos. En medio del invierno, sus manos eran tibias y su vestido guardaba el olor de la casa, de aquello que se prepara en la cocina cuando hace frío y hay niños. Su vestido olía a chocolate y a manzanas.

Así empezó todo. Se hicieron novios. En las fiestas a donde iban, o simplemente encerrada en su cuarto del campus, sola, Ryan bebía. Bebía para temerle al alcohol y entonces beber más y tener más miedo. Esperaba que el amor la salvaría. Jason también lo creyó así, se sintió orgulloso, elegido para cumplir una misión, y algo logró por un tiempo.

—Todavía no tomas tanto para asustarte.

Pero poco a poco fue prestándole menos atención, cuidándola menos. Después de todo, cada vez que ella pasaba por una cruda fuerte, mucha de su compulsión iba a dar a la cama. Se volvía insaciable y muy tierna, emocional. No había encuentro amoroso sin lágrimas.

—¿Verdad que sólo yo te gusto? —Hacía esta pregunta mientras estrangulaba con sus piernas la cintura de Jason, aferrándolo espasmódicamente al tiempo que lo mordía en los hombros y en los brazos y mezclaba al sudor de él su propio llanto—. ¿Verdad que nunca te va a gustar otra?
Las cosas cambiaron cuando él dejó de tomarse en serio el alcoholismo de su amante y paró de prohibirle que bebiera, como estaba acordado, o comenzó a hacerlo sin convicción.

—Ahí hay más, si quieres emborracharte.

Ella se encerró en el silencio y en una porfiada frigidez. Jason tenía que rogarle, a veces humillándose, que se acostara con él.

—Mira cómo estoy, mira cómo me tienes.

Ryan accedía después de mucho, pero sólo a medias y con condiciones.

—¿Verdad que soy tu mami?

—Sí.

—¿Y te gusta cogerte a tu madre?

—Sí.

—Dilo.

—¡Ya..., ándale!

—Si no lo dices, no hay nada.

—Está bien: me gusta.

—Dilo todo. Di que eres un puerco y te gusta cogerte a tu madre. A ver: "Soy un puerco..."

A él le gustaba sentirse así: dominado por ella. Estaba convencido de que en el amor gana el que puede decir que no. No se le ocurría aún que hay muchas maneras de decir no y una de ellas es decir sí. Habían ideado una forma muy suya de tener relaciones sin que hubiera penetración. Esto lo hacía más desolado y más intenso al mismo tiempo, pero ninguno de los dos quedaba insatisfecho. Jason se colocaba entre las piernas de Ryan como si fuera a penetrarla, pero entonces ella le cogía el pene y comenzaba a masturbarse frotándose con él, sólo con la punta, sin meterla. Jason lubricaba abundantemente, desesperado por entrar, y empezaba a rogarle. Lo hacía en todos los tonos posibles, incluida la violencia, y ella jamás aceptaba. Seguía frotándose, sólo frotándose, como si estuviera ida y sola, hasta que se venía. Para entonces, con el movimiento y la sensación de tener la mano de ella estrujándolo, Jason estaba ya tan excitado que no tardaba en alcanzarla. Se abrazaban y se cubrían de besos, como los amantes felices. Jason le reprochaba a Ryan por no haberlo dejado entrar, y ella le prometía que la próxima vez lo harían como él quisiera.

La relación había alcanzado tal estabilidad en estas circunstancias, que decidieron casarse. Él entró a trabajar como reportero en el periódico del condado. Volvió a preocuparse porque su esposa no bebiera y ella, sintiéndose otra vez mimada y tratada como niña, volvió al juego de las copas y los martinis. En las noches, cuando Jason se había portado bien y lo merecía, lo dejaba entrar en su cuerpo.

—Pero nadamás tantito.

Luego lo sacaba con la pura presión de sus músculos vaginales, lo cual le producía a él una desesperación sublime y lo hacía berrear como puerco. Al final terminaban de venirse como siempre.

—Como siempre —decían ya, para referirse a aquello que en un principio había sido una práctica excepcional.

Fue la mejor época, los mejores meses, recordaba él ahora, sentado en la orilla de la playa, mirando cómo la línea del mar subía y bajaba a lo lejos. La historia se movía dulce, viscosamente, al principio como color de rosa; luego, poco a poco, empapada de esa sucia humedad que la piel de Jason transpiraba.

Capítulo V

La casa parecía desierta. Sandy se había ido desde temprano, seguramente a pasear en lancha con Ramiro y los pescadores. Laura se había encerrado en la biblioteca y los recién casados continuaban absortos en su luna de miel: ahora mismo nadaban como delfines enamorados al final de la bahía. Sólo Cecy andaba cerca, tendiendo sobre las piedras, a la orilla de la playa, unas sábanas blancas. Jason la observó con deseo: era una muchacha muy morena, maciza, de piernas grandes y sólidas; su ropa interior se marcaba bajo la falda cada vez que se agachaba a extender las sábanas húmedas.

Iba a acercarse a ella, pero no se sintió seguro y prefirió ir a ver si Susana se encontraba en su choza.

—¿Se puede? —preguntó desde la puerta.

Susana se incorporó de la cama, donde se hallaba acostada con unas cartas en la mano. Sus ojos brillaban llenos de nostalgia. Había nacido en una aldea de Rusia y a los veinte años dejó su país para emigrar a Norteamérica.

—Pasa —dijo, poniendo las cartas en la cama desordenada. Era una mujer silenciosa, introspectiva, y sin embargo con los nativos se mostraba alegre. Estaba en traje de baño. Su piel curtida por el sol de México envolvía una carne ya escasa, sin jugo.

—¿Estás ocupada?

Susana hizo un ademán como de apartarse de la cabeza un pensamiento inútil.

—Bah. Releyendo cartas de mis hijos, de Colorado. ¿Quieres ver fotos de ellos?

—No quería interrumpirte. Lo que pasa es que hoy es domingo y no hay nadie.

—Sí. Todos se van a pasear por allí, a Promesilla o a las Cuevas. O a veces se van de compras a Los Limones. Mira —le dijo, extendiéndole una foto e invitándolo a sentarse con ella en la orilla de la cama—, éste es mi hijo Paul con su familia.

—Pero Sandy...

—Sandy tiene su vida aquí, muy aparte de todos. Le gusta salir con los pescadores. A veces se va con ellos a levantar el chinchorro y no regresan en todo el fin de semana. Pero mira esto: ¿No es linda su hijita? La esposa es vietnamita; la trajeron unos soldados cuando era pequeña. Estaba huérfana...

—Sí, es bonita.

—¿Verdad que sí? Ella se llama Sharon. Creció en los Estados Unidos, feliz, y ya no recuerda nada de Vietnam. Le hizo mucho daño todo aquello, la guerra. Pero ahora tiene a sus hijos, mis nietos.

—Susana...

—Me pregunto si alguna vez habrá querido volver allá. Quizá ya no se acuerde de nada, pero eso no basta para vencer la nostalgia. Yo también, Jason, muchas veces. Aunque la imagen de los lugares vaya desapareciendo...

—Susana...

Comprendió que era inútil seguirla llamando, querer sacarla de sus pensamientos. Se encontraba internada en ellos desde que él entró. Hablaba como si repitiera una especie de oración personal, un hilo de reflexiones dolorosas casi aprendidas de memoria.

—Es como una iglesia de oro oculta en la bruma. No sé por qué siempre pienso en iglesias. Mi infancia, tal vez. Crecí en un país lleno de torres con coronas de oro.

—Sí, me imagino.

—Pero no he podido volver, Jason. Así es siempre: justo cuando la posibilidad de regresar parece cercana, entonces descubres que la distancia no importa, que eso no es lo grave. Lo grave es que el templo se halla oculto por la bruma y tus pasos no avanzan hacia él, no conocen el camino para avanzar hacia él.

—¿Por qué?

Porque no es posible. Ya no es posible. La esencia del exilio, lo que más duele del exilio, no es haber vivido tantos años sin la tierra —eso al fin y al cabo nos hizo amarla más— sino el tiempo que ella pasó sin nosotros, lo que no le dimos. ¿Te digo una cosa? Todo lo grande que un ser humano vive como extranjero, se lo robó a su tierra.

—Susana...

—Por eso al volver, ella calla. Al volver resulta que sólo hemos cambiado de un exilio a otro...

—Susana...

—¿Por qué no me dejas sola y te vas a pasear tú también? ¿Conoces Promesilla?

—No.

—Debes ir, Jay... Te llamas Jason, ¿verdad? Jay, como el menor de mis hijos, otro al que nunca volveré a visitar. Si regresas más tarde, te enseño una foto de él. Tiene una beca para MIT.

—¿Dónde queda Promesilla?

—Es una playa como ésta, pero más bonita porque es la mitad de grande. No hay gente y el agua es tan limpia que vas caminando metido hasta la cintura y alcanzas a ver los pececillos que andan entre tus piernas. No se oye ruido de gente, sólo los chillidos de los pájaros a tu espalda.

—¿Dónde está?

—¿Mi iglesia? ¿Mis torres coronadas de oro?

—No. Promesilla.

—Al otro lado del cerro. Es fácil llegar y, si no estás muy hecho a las caminatas, puedes pedirle a don Juan que te alquile un caballo.

—¿A dónde más se puede ir a caballo?

—A Las Cuevas no. Para allá no entran los caballos. Hay que cruzar la selva. ¿Sabes tú lo que es una selva? No es como en casa, Jay; aquí se pierde el que no conoce. Se te esconde el camino, como dicen, o puedes llegar a una plantación de mariguana y, si te ven los que cuidan, empiezan a dispararte. Uno de mis hijos...

—¿Y a Los Limones?

—Los Limones está lejos. Sí se puede ir a caballo pero necesitarías casi todo el día para ir y regresar. No vale la pena. Mejor espérate a que Sandy vaya en la camioneta.

—Voy a ver qué hago.

Desde la ventana se veía la parte posterior del terreno comunitario. Allá, rodeado de arbustos llenos de flores, Jason distinguió una especie de iglú, algo como una tortuga gigante demasiado grande; quizás un dinosaurio dormido.

—¿Qué es eso, Susana?

—Es una especie de sauna prehispánico. Le llaman temascal. Ya tendrás oportunidad de probarlo. Es maravilloso para el alma.

—Bueno —pareció no importarle mucho la recomendación de la vieja Susana—. Ya me voy.

Y la dejó sola otra vez, con sus cartas y sus fotografías regadas en la cama.

En la cocina, Jason tomó algunas frutas —plátanos y mangos— más una botella de agua purificada y salió hacia la playa. Definitivamente no iría a caballo; mejor sería caminar, para irse acostumbrando. Al llegar a las casas de los pescadores, preguntó por el camino de Promesilla. No estaba lejos, le dijeron unos niños.

A medida que subía la cuesta, la playa quedaba abajo y a lo lejos: media luna de arena blanca bañada por un mar azul pálido, iridiscente al sol de mediodía como si cada ola llevara infinitos cristales. Volvió a pensar en Ryan. ¿Dónde estaría ahora? No había empezado una nueva relación, de eso estaba seguro. Mañana le enviaría una postal y quizá le escribiera; tenía que contarle cómo era este lugar, cómo hubieran sido felices aquí los dos juntos.

En uno de los primeros recodos, el mar se perdió de vista. Jason se quedó solo, sumergido en el caldo del día, en el calor de su propia, oscura humedad, rodeado por la densa vegetación: los árboles de hojas gigantes y lustrosas entre los cuales sobresalía, aquí y allá, alguna palmera altísima.

Capítulo VI

Poco después de que se casaron, Ryan entró a trabajar en el negocio de su padre, una maderería. Llevaba las cuentas del negocio y se encargaba de algunos aspectos legales. Esto le llevaba toda la mañana y unas horas de la tarde. El resto del tiempo —se quejaba— no sabía qué hacer, se sentía sola. Por eso optó por refugiarse en una manera infantil de ser. La mujer seria y hasta hosca que sólo de vez en cuando respondía al saludo de los trabajadores de su padre, al llegar a su casa se vestía como niña; se ponía ropa interior de niña, tobilleras de niña y un camisón de franela y, con todo esto y una taza de Beauty and the Beast llena de ginebra, se disponía a esperar el regreso de su esposo.

A Jason le parecía que el tiempo y el espacio adquirieron entonces una existencia particular, diferente, que no era posible fuera de los límites de su blanca casa de madera. Su esposa vivía como flotando en una burbuja etílica de su propia creación, un espacio ingrávido del cual, milagrosamente, había quedado desterrado el mundo de las cosas serias. Ella empezó a insistir en que la acompañara a beber:

—Tómale tantito, ¿si?

—No quiero, baby. No me gusta.

—Ándale, ¿sí? Si no, el duende que vive en esta tacita te va a castigar.

—No. Y tú ya no tomes, ya tomaste mucho. Mejor dame un beso aquí, mira. ¿No te gusta?

Eso era exactamente lo que ella deseaba. Jason le tenía miedo al alcohol porque una vez intentó probarlo y se emborrachó luego, hizo algo que no quería. Pero empezó a sentir que toda esa irrealidad, los juegos de Ryan, la atmósfera de intoxicación en que ella vivía, lo penetraban por dentro, embriagándolo. Era como en los primeros meses de noviazgo: cuando Ryan llevaba al extremo su papel de niña, se volvía maternal. Pero no dejaba de ser infantil: era hija y madre al mismo tiempo. De pronto decidía faltar a la maderería. Telefoneaba a su padre para avisarle y se disponía a pasarse la jornada con sus pantaletas de Looney Tunes y su camisón de franela.

—No te levantes ahora, Jay. Estás enfermo. Aunque digas que no, yo sé que estás enfermo. No vayas a trabajar.

Lo que deseaba era que él se quedara con ella en la casa, que no la dejara sola. No le gustaba estar sola. Algunas veces, él le hizo caso y no fue a trabajar. Su empleo le permitía cierta libertad de horario. Entonces Ryan le daba de comer en la cama. Lo atendía sin aburrirse hasta en la tarde, hasta en la noche. Luego le hacía el amor sin que él moviera un solo dedo. No lo dejaba.

—Tú no te muevas. Estás enfermo. Yo hago todo.

Cuando ella compró los caimanes y la palmeta, se sintió feliz. Era una niña y Jason aceptaba ser su juguete, su perro, su hermano pequeño. Ella le puso un caimán en el pene y luego le golpeó los testículos hasta que se le pusieron hinchados y calientes. La visión de esa bolsa de piel amoratada, surcada por arrugas túmidas entre las cuales temblaban cobardemente unos cuantos vellos, la excitó, pero sintió remordimientos y se puso a llorar. Cubrió aquello inflamado de besos y de lágrimas. ¿Cómo no quererla?

Después ya no volvieron a darse esos días. Jason se aburrió de que lo quisieran y lo necesitaran y buscó otras actividades. Ya no sólo trabajaba en el periódico. También se ocupaba —sin ganar por ello ni un dólar— de un trabajo social que había emprendido por su cuenta. El mismo oficio de reportero lo había llevado a eso. En Lemnos siempre había mexicanos —legales o ilegales— inmiscuidos en problemas con la policía del condado. Los motivos cubrían una gama muy amplia, desde peleas campales entre gangs hasta detenciones masivas durante una inspección sanitaria o de inmigración. La labor social de Jason se ubicaba entre estos dos extremos. Por solidaridad con personas que en otras circunstancias habrían sido sus paisanos, quizá sus parientes, trataba de ayudar a mexicanos y centroamericanos que caían en manos de la policía por infracciones menores: robarse una fruta o un paquete de pan en un supermercado, orinar o cagarse en la vía pública, internarse en barrios residenciales donde su presencia resultaba sospechosa. Él les servía como intérprete en las estaciones de policía, trataba de explicarles su situación, les ayudaba a salir si era posible y, si no, se encargaba de ponerlos en comunicación con sus familiares en México. Muchas veces no lograba nada, en parte porque sentía que esa gente casi quería que la pasara en hombros por el río, en parte porque no tenía paciencia para tratar de conocer la inmensa variedad de acentos locales que hablaban. Se desesperaba porque no los comprendía ni ellos comprendían lo que trataba de explicar. Los cursos de español no le habían ayudado, no con esta gente, que no se expresaba como los libros de gramática. Estaba convencido de que sólo pasando unos meses en México aprendería a hablar bien. Mientras tanto, una sensación de derrota iba paralizando la poca capacidad de acción que había tenido. Comenzó a encerrarse en sí mismo, a refugiarse de su fracaso en el fracaso de su esposa. Sólo que a ella esto no le gustó; Ryan quería sentirse apoyada y atendida, no tener que apoyar y atender. No pudieron negociarlo: para ninguno de los dos había ya salida. Él, inconscientemente, se dio a la tarea de provocarla para que ella tomara la decisión de separarse, porque él no quería sentirse responsable. No era resistente a eso. Y ella igual: empezó a hacer lo posible para tener un accidente y así poder abandonar la maderería y encerrarse en su casa por algo ajeno a su voluntad. Lo logró por fin. Durante un choque en la carretera, sin consecuencias mayores, se fracturó el cuello y durante varias semanas debió andar con collarín. Dejó la maderería, dejó de vestirse como niña, sin esperar ya que Jason acudiera en su auxilio, y se dedicó a beber alcohol. Eso fue el principio del final.

—Hagan un viaje juntos —les decían sus pocos amigos—. Vayan a México, Jason, a aprender español como tú querías.

—Ryan no quiere salir del pueblo. Dice que su padre podría necesitarla de un momento a otro en la maderería, y no quiere estar lejos de él.

Pero Ryan dejó de preocuparse por su padre y por el negocio y tampoco entonces quiso salir a ningún lado.

—Mejor cójeme aquí —era su respuesta.